Ormuz: Crisis en dos Meses
En la entrada del golfo Pérsico, donde una estrecha franja de agua conecta las exportaciones energéticas de Oriente Medio con los mercados globales, se ha desatado un pulso geopolítico que ya repercute en los bolsillos de medio mundo. El estrecho de Ormuz se cerró de facto el 28 de febrero cuando Estados Unidos e Israel lanzaron ataques aéreos sobre Irán y fuerzas iraníes respondieron con minas marítimas, abordajes y advertencias a los navieros. La vía marítima por la que transitaba cerca de una cuarta parte del crudo transportado por mar y una quinta parte del gas natural licuado se convirtió en zona de riesgo. Decenas de petroleros permanecieron fondeados a la espera, más de dos mil barcos quedaron atrapados en el golfo y unos veinte mil marinos quedaron varados sin poder entrar o salir. La economía global, que todavía busca recuperarse de la pandemia y de la subida de precios posterior a la guerra en Ucrania, depende de este corredor de treinta y cuatro kilómetros de ancho.
Tras la crisis, las grandes navieras suspendieron sus itinerarios por Ormuz y el tráfico de buques cisterna se desplomó primero un setenta por ciento y luego prácticamente a cero. Al mismo tiempo, Irán anunció peajes millonarios para los buques de países considerados hostiles y Estados Unidos inició un bloqueo de puertos iraníes, configurándose un “doble bloqueo” que dificultó tanto las salidas de crudo como las entradas de mercancías. El resultado no tardó en reflejarse en los mercados: el precio del Brent superó la barrera de los cien dólares por barril y llegó a 126 dólares en marzo, encarecimiento que desencadenó el mayor aumento mensual del petróleo registrado. Según el último informe de la Agencia Internacional de la Energía, la oferta global se hundió en marzo en más de diez millones de barriles diarios y el consumo se contrajo bruscamente en la región de Oriente Medio y Asia. Los inventarios fuera del golfo descendieron en 205 millones de barriles mientras se acumulaban flotillas de buques cisterna saturados de petróleo cerca de las costas de Irán y Qatar.
Los economistas alertan de que la magnitud de la interrupción supera con creces las crisis petroleras de 1973 y 1979. Un análisis del Instituto Económico Alemán calcula que el cierre de Ormuz recortó en marzo alrededor del diez por ciento de la oferta mundial de crudo y que la posterior decisión estadounidense de bloquear los puertos iraníes redujo otro tres por ciento. El déficit resultante, equivalente a trece por ciento del suministro global, no sólo encareció el crudo sino también los productos refinados, con el diésel y el combustible de aviación alcanzando precios sin precedentes. Los productores del golfo apenas están cosechando beneficios porque no pueden exportar sus volúmenes habituales; muchos han tenido que reducir la producción o redirigirla a complejas redes de oleoductos que no cubren toda la pérdida. Analistas alemanes advierten que esta crisis llega en un momento en el que las economías occidentales están especialmente expuestas: en Alemania, por ejemplo, buena parte del superávit comercial dependía de la reinversión de los ingresos petroleros de los países del golfo, una dinámica que podría desaparecer si la región se ve obligada a destinar recursos a reparar infraestructuras dañadas y a garantizar su propia seguridad energética.
Sin embargo, los mercados de crudo no han entrado aún en pánico. Un estudio del centro de estudios Brookings destaca que varias fuerzas estructurales y temporales han amortiguado el impacto. Por un lado, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos disponen de oleoductos que desvían el crudo hacia el mar Rojo y el golfo de Omán, lo que permite aliviar parte de la pérdida de Ormuz. Antes de la guerra existía además un ligero excedente de producción gracias a nuevos yacimientos en América; ese colchón amortiguó el choque inicial. A estas medidas se sumó un aporte temporal: la Agencia Internacional de la Energía ordenó liberar 400 millones de barriles de reservas estratégicas, lo que equivale a 2,5 millones de barriles diarios durante cuatro meses, y Rusia e Irán vendieron crudo almacenado en petroleros que hacían las veces de almacenes flotantes. Estas reservas flotantes proporcionaron otros tres millones de barriles diarios. En conjunto, estos amortiguadores contuvieron la subida de los precios durante la primavera.
El problema, según los investigadores de Brookings, es que estos amortiguadores tienen fecha de caducidad. Los cargamentos almacenados en barcos rusos se agotaron a finales de abril, los de Irán a finales de mayo y las reservas estratégicas internacionales podrían agotarse hacia el 9 de julio. A medida que se consumen, el déficit de suministro vuelve a crecer. Los economistas calculan que, una vez agotados los colchones temporales, el mercado tendrá que absorber un ajuste de unos siete millones de barriles diarios, alrededor del dieciséis por ciento del comercio mundial de crudo. Si la situación en Ormuz no se normaliza a finales de junio, el precio del crudo podría saltar hasta 150 dólares por barril y los precios de productos refinados podrían escalar aún más debido a la escasez en las refinerías. Con el invierno austral acercándose a los países del hemisferio sur y con los inventarios de fertilizantes también afectados, el aumento de los costes energéticos podría traducirse en una inflación de los alimentos y en una nueva ola de tensión social en países vulnerables.
Los organismos internacionales están alertando del efecto dominó. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo advierte de que el cierre de Ormuz incrementa los costes de los fletes, del combustible marítimo y de los seguros. Estos factores encarecen la producción de alimentos y fertilizantes, deterioran aún más la capacidad fiscal de los países endeudados y agravan las presiones sobre los hogares. Además, miles de marinos siguen atrapados en el golfo Pérsico con consecuencias para su bienestar y para la cadena de suministro mundial. La Agencia Internacional de la Energía subraya que restaurar la navegación por Ormuz es la única forma de aliviar la tensión sobre los suministros y evitar que la crisis energética se transforme en recesión global.
Mientras tanto, la diplomacia intenta ganar tiempo. Las negociaciones entre Washington, Teherán e Islamabad han conseguido breves treguas en abril y mayo, pero no han logrado un acuerdo definitivo. Irán reabrió parcialmente el estrecho durante la Pascua, aplicando peajes de más de un millón de dólares por buque, pero volvió a restringir el paso poco después ante la falta de garantías. Estados Unidos, por su parte, puso en marcha la operación “Project Freedom” para escoltar a los mercantes, pero la suspendió a los pocos días para no poner en peligro unas negociaciones frágiles. La comunidad internacional, incluida la Unión Europea y China, llama a la desescalada y a la protección de los corredores marítimos en aplicación del derecho internacional. Sin un acuerdo, alertan los analistas, el mundo podría estar a apenas dos meses de enfrentarse a una crisis energética y económica de proporciones históricas.
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